Comunidades cristianas y asambleas socioambientales se reunieron en San Juan para acompañar la lucha del pueblo de Jáchal, cuyo río está contaminado con mercurio proveniente de una mina de oro explotada por capitales extranjeros. La Iglesia Evangélica del Río de la Plata y la Fundación Hora de Obrar dijeron presente.
La carpa está ahí desde marzo de 2015. En la plaza central de la localidad sanjuanina de Jáchal, frente al edificio municipal, las familias sostienen una vigilia que no se interrumpió ni durante la pandemia.
Adentro, un cartel: «El pueblo de Jáchal no se toca». Afuera, el río sin agua que da nombre a la ciudad, contaminado con mercurio desde que la mina Veladero —hoy operada por la canadiense Barrick Gold en sociedad con la china Shandong Gold— empezó a extraer oro en 2005. Los habitantes de Jáchal toman agua de otra cuenca, ubicada a 22 kilómetros. La del río, la que riega los cultivos, sigue cargando los derrames. Diecinueve, hasta hoy.
En esa carpa, símbolo de fe y resistencia, se reunieron a orar y hacer memoria de vida, de fe y de lucha, Pastorales católicas, comunidades franciscanas seglares, equipos de la pastoral indígena y de Hora de Obrar en el encuentro del Nodo Argentina de la Red de Iglesias y Minería. Distintas tradiciones, distintos territorios, una misma pregunta:¿qué tiene que decir la fe frente a un modelo que sacrifica comunidades enteras por el lucro?

Un mapa que se está acelerando
El encuentro arrancó con un análisis del contexto que no esquivó nada. La presión sobre los llamados «minerales críticos» —litio, cobre, cobalto, tierras raras, todos concentrados en el sur global— y la guerra geopolítica que se está desplegando para controlarlos. El acuerdo entre Argentina y Estados Unidos firmado este año, cuyos documentos oficiales solo están disponibles en inglés. La Ley de Glaciares, reformada. El RIGI. Las exenciones impositivas a las mineras en San Juan y Catamarca, donde las empresas pagan la mitad del combustible y vacían pozos de agua sin costo, mientras los agricultores de la región tienen agua solo 120 días al año.
Lo que aparece, dicho con las palabras del encuentro, no es una transición energética sino su contracara: más extractivismo para sostener el mismo modelo de consumo, ahora con sello «verde». El auto eléctrico requiere seis veces más minerales que el convencional. La mina Vicuña, prevista para explotación en San Juan, consumirá un 115% de la energía eléctrica que consume hoy toda la provincia.
Daniel Sánchez, integrante de la Red en Mendoza, lo pone en términos teológicos directos: «Para las zonas desérticas como Mendoza, los glaciares son el útero de la vida de las comunidades. Defender las nacientes, defender las fuentes de agua, es defender la fuente de la vida. Sin agua no hay vida. Defender el agua es defender la vida.»
Viviana Vaca, de Neuquén, desarma la falsa dicotomía entre desarrollo y cuidado: «Un desarrollo no puede estar por encima de la vida de los pueblos ni de los territorios. Eso no es desarrollo. Estamos en Jáchal, donde el pueblo hace muchos años lucha contra una minera que contaminó el río. ¿Qué desarrollo trajo la minería en este caso?»

Iglesias dando testimonio público
El pastor Leonardo Schindler, presidente de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata y de la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE), envió un mensaje al encuentro. «Defender los derechos de la tierra es también defender los derechos de los pueblos. Hoy ustedes están cuidando, allí como en tantos otros lugares, aquello que no se puede renovar, que no se puede comprar con nada, y que necesitamos por siempre.»
El mensaje de la presidencia de la IERP y de la FAIE en este encuentro destacó y valoró especialmente el trabajo ecuménico conjunto frente a las injusticias, alentando además el testimonio público de la fe en defensa de la creación.
Zona de dignidad
El último día, frente a las personas que sostienen la vigilia, el pastor Jorge Weishein de la Fundación Hora de Obrar leyó el Salmo 121: «Al contemplar las montañas, me pregunto: ¿de dónde vendrá mi ayuda?». Y devolvió la pregunta a quienes estaban presentes.
«El pueblo en la Biblia comenzó a reunirse en carpas escapando de la opresión, buscando liberación. Y en esa experiencia a ese Dios le llamaron Yahvé, ´el Dios que está´. Y esta experiencia de ustedes nos vuelve a conectar con ese Dios que está en la lucha, que está en la calle, que da sentido a la vida que pasa.»
Una integrante de la asamblea de Jáchal le respondió: «Hasta hoy nos pensábamos como ‘zona de sacrificio’. Desde ahora vamos a llamarnos ‘zona de dignidad’.»
La activista Rosa Aráoz, de Catamarca, trajo una reflexión desde la ecoteología: «Somos tierra, somos agua, pertenecemos al mismo plan de la vida. La idea de progreso del capitalismo verde es una versión que nos lleva a la muerte. El verdadero progreso es mantener la vida, sostenerla. Y eso depende de cómo nos sentimos como comunidad viviente con otras comunidades vivientes humanas y no humanas.»

Una reflexión que resuena con una invitación a no mirar para otro lado
El encuentro de Jáchal nos recuerda que la diaconía de las comunidades sostiene desde hace tiempo, que la fe se encarna en territorios concretos, en cuerpos concretos, en aguas concretas. Que la defensa de la creación no es una agenda de moda sino el corazón de lo que significa cuidar la vida en la cual vivimos.
Frente al avance de un modelo extractivista que se está profundizando en nuestros territorios, sostenemos que las decisiones sobre los bienes comunes no pueden tomarse a espaldas de las comunidades que los habitan. Que la transición energética, si va a llamarse así, no puede sostenerse sobre nuevas “zonas de sacrificio”. Y que el ecumenismo, lejos de ser un gesto simbólico, es la condición concreta para sostener estas luchas en el largo plazo.
La carpa sigue ahí. La invitación es a no mirar para otro lado.
Publicado originalmente en Fundación Hora de Obrar.

