A finales de abril de 2026, representantes de Iglesias e inversores basados en la fe se reunieron en la Diócesis de Innsbruck, Austria, para la Segunda Conferencia de Inversores Eclesiales.
La Red Iglesias y Minería, una articulación ecuménica que acompaña a comunidades afectadas por la minería en toda América Latina, fue invitada a compartir su visión y perspectiva.
Aportando más de veinte años de experiencia en Brasil, el P. Dário Bossi, misionero comboniano, compartió no solo hechos y datos, sino sobre todo la voz de las comunidades que viven en la primera línea del extractivismo. Su intervención no se centró principalmente en los impactos de la minería —ya ampliamente documentados—, sino más bien en el comportamiento empresarial, la responsabilidad y el papel de las Iglesias en este contexto.
De Mariana a Brumadinho: cuando la tragedia se repite
Brasil ha vivido dos de los peores desastres mineros de la historia reciente: el colapso de represas de relaves cerca de Mariana (2015) y Brumadinho (2019), ambos vinculados a la empresa Vale.
En conjunto, estas tragedias causaron la muerte de 291 personas, devastaron cuencas hidrográficas enteras y dejaron profundas heridas ambientales y sociales que persisten hasta hoy.
Después de Mariana, el lema “Mariana Nunca Más” fue ampliamente difundido. Sin embargo, pocos años después, Brumadinho reveló una realidad inquietante: no solo no se habían aprendido las lecciones, sino que además se habían ocultado responsabilidades graves. Las investigaciones señalaron auditorías manipuladas, informes de seguridad engañosos y la omisión de información crítica sobre la estabilidad de las represas. Las evidencias sugieren que la empresa conocía los riesgos y no actuó.
Brumadinho, por lo tanto, no puede considerarse un accidente aislado. Representa una forma de reincidencia empresarial, donde la ganancia se prioriza sobre la vida humana.
Aún más escandaloso es lo que siguió: en lugar de cerrar definitivamente los proyectos responsables de tanta devastación, las actividades mineras han continuado en esos mismos territorios, perpetuando el riesgo, la incertidumbre y el sufrimiento de las comunidades afectadas.
Más allá de los grandes desastres: la violencia silenciosa de la minería
Mientras Mariana y Brumadinho captaron la atención global, muchas otras formas de violencia vinculadas a la minería permanecen en gran medida invisibles.
En regiones como Carajás, en la Amazonía brasileña, no hay desastres que ocupen titulares. En cambio, las comunidades soportan una forma lenta y acumulativa de daño: contaminación del suelo y del agua, deterioro de la salud pública y la erosión gradual de los medios de vida tradicionales. Es una “violencia homeopática”, persistente y frecuentemente ignorada.
Al mismo tiempo, la transición energética global está acelerando la demanda de minerales, lo que conduce a la expansión de las fronteras mineras y al aumento de conflictos. Solo en la Amazonía brasileña existen alrededor de 1.300 solicitudes mineras que afectan territorios indígenas.

Esta expansión suele ir acompañada, en diversas regiones del mundo, de militarización y ocupación territorial, donde la “seguridad” se define en función del acceso a los recursos naturales. Los intereses corporativos influyen cada vez más en las decisiones políticas, planteando una pregunta fundamental: ¿quién decide que la minería es de “interés nacional”, mientras que la protección de los territorios indígenas no lo es?
La fuerza de las comunidades y el papel de las Iglesias
En este contexto, la Red Iglesias y Minería ha centrado sus esfuerzos en apoyar a las comunidades en sus luchas por la vida y la justicia.
Esto incluye apoyo en situaciones de emergencia, organización de base y la promoción del liderazgo comunitario en negociaciones con las empresas y el Estado. Un logro importante fue la aprobación, mediante iniciativa popular, de la ley “Mar de Lodo Nunca Más” en el estado de Minas Gerais, que estableció normas más estrictas para la seguridad de las represas y prohibió ciertas estructuras de alto riesgo.
Pero más allá de los resultados concretos, el compromiso central sigue siendo pastoral: estar cerca de las víctimas —humanas y no humanas— y salvaguardar su mirada y su lucha.
Esta cercanía es esencial, especialmente cuando los llamados procesos de “diálogo” con las empresas suelen resultar frágiles, inconsistentes o incluso manipuladores, careciendo de una verdadera rendición de cuentas.
Una desconfianza necesaria
Uno de los mensajes más fuertes que emergen de estas experiencias es la necesidad de mantener una distancia crítica frente a las narrativas corporativas.
Con demasiada frecuencia, inversores e instituciones confían en declaraciones empresariales, estándares voluntarios y marcos ESG. Sin embargo, la brecha entre el discurso y la realidad en el territorio sigue siendo amplia. En Brasil, las comunidades han aprendido de la manera más dolorosa que la “buena fe” empresarial no puede darse por sentada.
Por ello, las regulaciones vinculantes —como mecanismos sólidos de debida diligencia— son esenciales. Los recientes intentos de debilitar este tipo de legislación, particularmente en Europa, generan serias preocupaciones.
Inversores y corresponsabilidad
Un punto clave abordado en Innsbruck fue la responsabilidad de los inversores.
Los inversores no son actores neutrales. Al financiar empresas mineras, se vuelven corresponsables de los daños causados. Los dividendos que reciben a menudo están vinculados a medidas de reducción de costos que comprometen la seguridad y la protección ambiental.
Después del desastre de Brumadinho, la Iglesia de Inglaterra decidió desinvertir de Vale, reconociendo esta responsabilidad ética. Esta decisión constituye un ejemplo importante. De manera similar, la Conferencia Episcopal de Austria publicó recientemente una Directriz Ética de Inversiones vinculante que excluye inversiones en oro, minería de oro y activos relacionados con el oro, debido a los graves impactos ambientales y sociales asociados a su extracción, así como a sus vínculos con conflictos en diversas partes del mundo.
Sin embargo, persiste un desafío más amplio: con demasiada frecuencia, empresas dañinas siguen siendo respaldadas simplemente porque se las percibe como “menos malas” que otras. No obstante, en muchos casos, el propio modelo de negocio sigue siendo intrínsecamente peligroso.
La estrategia de inversores conscientes y organizados para influir en el comportamiento empresarial mediante el diálogo activo —conocida como “engagement”— puede desempeñar un papel. Sin embargo, como se señaló anteriormente, las empresas a menudo logran encubrir su falta de compromiso genuino. En este contexto, la desinversión debe considerarse no solo como un último recurso, sino como una opción ética coherente.
También crece la preocupación por el riesgo de “faith-washing”, mediante el cual las empresas buscan legitimidad a través de su cercanía con instituciones religiosas. Por esta razón, la Red Iglesias y Minería mantiene un principio claro: no aceptar apoyo financiero de empresas mineras. Del mismo modo, la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil ha incluido recientemente en sus Directrices Pastorales el principio de no aceptar donaciones, inversiones o patrocinios provenientes de actividades y sectores que dañan el medio ambiente y la vida.
Orientaciones recientes del Vaticano, como el documento Mensuram Bonam, reconocen explícitamente la minería como un sector que requiere un cuidadoso discernimiento ético y, en ciertos casos, su exclusión de los portafolios de inversión.
¿Es posible otro modelo?
Más allá de estas herramientas, permanece una pregunta más profunda.
La crisis ecológica nos invita a mirar más allá de soluciones técnicas y mejoras graduales. Como ha afirmado repetidamente el Papa Francisco en Laudato Si’, lo que se necesita es un “cambio radical”, una “valiente revolución cultural” y una redefinición del propio concepto de progreso.
El Papa León XIV ha hecho eco de esta preocupación, advirtiendo que el paradigma actual —impulsado por la extracción, la acumulación y la desigualdad— conduce en última instancia a la muerte y al conflicto.
Como recuerda Laudato Si’, ya no es suficiente buscar un equilibrio entre la protección ambiental y el beneficio financiero. Las medias tintas corren el riesgo de retrasar el colapso en lugar de evitarlo.
Para las Iglesias, este es un momento de discernimiento y valentía. ¿Estamos dispuestos a cuestionar el modelo económico que sustenta el extractivismo? ¿Estamos preparados para estar claramente del lado de las comunidades afectadas, incluso cuando esto desafía intereses poderosos?
La experiencia de las comunidades latinoamericanas ofrece una respuesta clara: otro camino no solo es necesario —ya está siendo vivido— en la resistencia, en la solidaridad y en la defensa de la vida.
LEE EN PORTUGUÉS: https://iglesiasymineria.org/wp-content/uploads/2026/04/um-chamado-as-Igrejas-e-aos-investidores-cristianos.pdf
LEE EN INGLÉS: https://iglesiasymineria.org/wp-content/uploads/2026/04/catholic-investors.pdf


