El pastor y la mina de oro

Parecían convincentes y deslumbrantes los ofrecimientos: en la etapa de construcción y montaje, la mina generaría 10.000 empleos en un período de cinco o seis años; y durante la etapa de producción, tres mil empleos directos y cinco mil indirectos.

Además, invertirían 1.400 millones en arte, cultura, educación, juventud e infraestructura social.

Demasiado bueno para ser cierto, pensaron las personas que en Jericó no tragan entero. Entre ellas estaba el obispo Noel Londoño, que contrapuso la versión rosa de la minera con la realidad escueta de lo ocurrido con el proyecto de levantar un monasterio benedictino en la zona donde ya se movían las máquinas y los buscadores de oro.

Monseñor Noel Londoño es un obispo de los de ahora, nada principescos en su porte y pastores ciento por ciento.

JAVIER DARÍO RESTREPO

“Cuando yo vine, hace cuatro años, los benedictinos vinieron a hablar conmigo con el arquitecto y me explicaron qué era lo que querían. Ellos, como en todo monasterio, suelen tener tres púlpitos: uno en la iglesia, para la predicación de la palabra; otro en el comedor, para la lectura de libros formativos o la historia de la iglesia; y uno en la sala capitular, para la lectura de la regla.

Ellos tenían la capilla pública, la entrada de la capilla privada y el comedor por acá; este espacio lo querían para ellos: tenían un patio de separación; acá, la capilla y, de pronto, un patio para que la gente pudiera estar. Acá sería la hospedería. Y luego las 25 piezas para los monjes, porque en Envigado no son sino 18, muchos ya mayores. El más joven, que es más dinámico con esto, habló conmigo y convinimos que ellos se iban a dedicar a cultivar el resto; una parte a ganadería; otra para huerta y otra para cultivos más industriales o tecnificados.

Este era el proyecto de 8.000 metros de construcción, sin contar lo que sería el entredía. 93 hectáreas. El proyecto era claro, pero se juntaron dos cosas: la amenaza externa, porque en la parte alta de La Aurora estaba haciendo exploración AngloGold Ashanthi, que es una empresa para oro. Yo, al oír esto, de que estaba por allá la minera, me puse a pedir a santa Laura que escondiera el oro. Era mi oración todas las mañanas. Y es un ruego de muchos jericoanos.

Hace un año vino AngloGold Ashanti a hablar conmigo. Yo siempre les abro la puerta. No tengo problema en hablar con ellos. Y les expreso mi opinión. Me dijeron: “Monseñor, vamos a tener que cambiar de lugar, porque en donde llevamos 10 años en exploración hemos encontrado oro, pero pepitas dispersas, no la veta o filón que nos permita hacer una mina; no es rentable”. Yo, honestamente, sí dije: no estoy de acuerdo con la minería, pero para mí es más peligrosa la minería ilegal. Me dijeron: “vamos a sellar porque esto no da para nadie, el oro está disperso” y se fueron para otro lugar.

Entonces, cuando llegaron los benedictinos hablaron con Corantioquia y con la Secretaría de Minas del departamento y les dijeron: “están excavando allá arriba y nosotros queremos construir allá abajo y queremos una mínima garantía de que hay agua y de que el agua no se contamine”. Los de Minas se quedaron callados y Corantioquia dijo: “no se los podemos garantizar”. Porque el tema ambiental no ha entrado todavía; la exploración se puede hacer sin tocar el tema ambiental. Ellos no podían garantizar si se acabaría el agua ni si sería contaminada o no. Los benedictinos desistieron del proyecto porque qué más hacían. Venirse para acá, a no tener agua o a tenerla mala, no valía la pena. Esa era la amenaza externa.

La interna es que el más joven y dinámico de ellos se enfermó del corazón. Yo lo fui a visitar: estaba mal. Lo llevaron a San Vicente, para un trasplante. No lo resistió y se murió al mes. Los monjes volvieron a evaluar el tema y dijeron: “primero, no nos garantizan el agua; y ahora perdemos al más joven y dinámico”. Los otros empezaron a decir: “yo tengo 80 años y tengo que ir al médico cada ocho y así”. No había quién. Entonces el proyecto se murió. Ellos terminaron vendiendo la finca que habían comprado”.

Hay una constante en las minas: aumenta el dinero y se multiplican la prostitución, el alcoholismo y la violencia. ¿Ocurre eso aquí?

Por ahora no, porque estamos en etapa de exploración, no de explotación. Evidentemente hay tensiones, porque la empresa necesita obreros, transporte, administración; y eso lo tiene tercerizado, ofreciendo empleo bien pago. Muchas personas están vinculadas a título de empleados o de obreros y se consideran partidarios de la minería. No hay conciencia de lo ambiental o de lo futuro. Dicen: “ahora estoy comiendo”. De hecho, cuando se presenta el debate, la mayoría de las personas que defienden la minería dicen: “es que ahora tengo empleo”. Es un tema coyuntural y no se analiza más allá. Ya se dio la experiencia en Palocabildo, donde estaban en exploración y emplearon a algunos; después les dijeron: “se van, ya no hay trabajo”. Los campesinos ya no le dan trabajo a esta gente que no les colaboró durante la cosecha y se les perdió buena parte del tiempo. Por conseguir un trabajo temporal, perdieron el permanente. Esa gente va a tener que salirse de las veredas.

Hablando de minería, yo desde el comienzo he dicho: minería sí, pero no así ni aquí. Porque la minería existe. Uno va al colegio, dice: “sonrían”, y aparecen los brackets. Ahí está la minería. Pero no para hacer lo que ha hecho la empresa minera, que va a las escuelas y les da unos folleticos donde dice a los niños: ¿se imaginan un mundo sin patines, gafas, celular, sin televisión? Para unos muchachitos de primaria es un discurso muy complejo.

En la minería uno tiene que dialogar con las comunidades. Y eso en el estatuto minero no está claro. La señora que lo desarrolló es ahora empleada de AngloGold Ashanti; les hizo un favor. A esta señora Aramburo la contrató el Ministerio para que les hiciera eso. Ella entendía un poco, pero no mucho; buscó una empresa canadiense minera, que le dio la asesoría, e hicieron un estatuto minero en Colombia que es la barbaridad. No solo en cuanto al modo en que se permite, al control que se hace, sino en cuanto a las contribuciones que tienen que hacer las mineras; por eso la Contraloría dijo que en Colombia nosotros le pagamos a las empresas, para que se lleven el níquel, porque no dan en reversa nada. Y lo mismo pasa con otras empresas. En otros países los tienen más agarrados, en cuanto a consulta a comunidades, en cuanto a control constante ambiental y en cuanto a impuestos o contribuciones que deben pagar. Para mí ese estatuto minero es ilegal, así sea la ley en Colombia.

Por ahí empieza el talón de Aquiles de todo, es un problema jurídico más que económico o industrial. Eso hizo que todas las empresas mineras dijeran: titulémonos. Porque esos títulos ellos los pueden tener por 30 años y después lo explotan cuando quieran. Es simplemente pasar un sobre por debajo de la mesa. Son convenios supranacionales. Si el estado dice no a un colombiano que tiene una mina ilegal, se la puede cerrar. A estos es muy difícil, porque al Estado le ponen una demanda ante tribunales internacionales.

Según el Gobierno, lo que ustedes hacen con el No a la minería es lesionar la economía. Son gobiernos que solo encuentran las soluciones a los problemas con oro.

Hay un tema más complejo, el de los hidrocarburos. Si hay petróleo habrá que explotarlo, porque en 100 años no se va a necesitar. En Holanda ya se decidió que en 2025 no se podrán vender carros ni de gasolina ni de diésel, y están levantando cada 100 metros una estación para conectarse eléctricamente. Evidentemente, ese es el futuro. Pero están los hidrocarburos ahí y son necesarios en este momento.

Hay una minería que es necesaria y hay que sostenerla. Hablo de hidrocarburos. Si en el desierto de la Tatacoa encuentran oro, que escarben allá; no hay problema. Por eso hablo de que minería sí, pero no sin contar con comunidades, con contaminación no solo de mercurio sino de otras cosas, con manejo malo de nacimientos, con utilización de Fuerza Pública para protegerse en contra de los campesinos del entorno. Eso es ilegal. Y luego: no aquí, porque la geología de Jericó y de este suroeste es especial. Jericó, Támesis, son esponjas que producen agua por montón. Acá hacemos un hueco y usted encuentra agua.

No podemos atacar una geología frágil. No estamos hablando de montañas de cinco millones de años, que ya son roca; acá hay montañas de rocas sueltas. Hace 150 años se inició Jericó, al frente, en La Felicina, cuando vieron un vallecito, lo más lindo, y dijeron: vámonos para allá; y se vinieron, pero no había estudio de suelos ni nada. Está comprobado que en la Normal quisieron hacer las columnas para fundamentar la edificación y tuvieron que bajar a 18 y 20 metros de profundidad para encontrar roca; todo era piedra suelta, barro y troncos podridos. De hecho, los obreros jericoanos a los que contrataron empezaron a escarbar y al momento dijeron: yo no me meto, es muy peligroso; entonces trajeron negritos del Bajo Cauca, y esos se metieron a 18 y 20 metros en unos huecos del tamaño de un tonel para poder fundamentar las columnas que tiene la Normal, que es muy firme estructuralmente. Decía el ingeniero: le garantizo, padre, que esta montaña hace 300 o 500 años se vino la mitad y se chorreó. De hecho, acá al frente, toda la mitad de la casa de la curia y la siguiente, que era la policía, se chorrearon en el año 47.

Estamos sobre un colchón. Un temblor no hace tanto daño, pero un descuido con las aguas sí se lleva todo, como ya se demostró.

Es posible un mundo sin petróleo. ¿También es posible sin oro?

Sí, pero no es necesario un mundo sin oro. Hay toneladas de lingotes en los bancos. ¿Por qué no lo sacan de allá? ¿Para qué se lo quieren sacar a la madre Tierra? Sáquenlo de donde sea fácil, donde no haga daño. ¿Pero para qué vamos a dañar la madre Tierra? Es más fácil entrar a un banco y sacar un lingote. Eso es ambición. Eso tiene un nombre: codicia.

¿Los pobres de Jericó estarían amenazados por estas explotaciones?

Yo creo que sí. No inmediatamente. A largo plazo. Para mí, no es decir: no a la minería, sí a la vida, sí al agua, sí a la naturaleza, porque debemos ser conscientes de que el campesino que lava mal el café contamina; de que el campesino que se dejó negociar por la Federación de Cafeteros, y usó fungicida, herbicida e insecticida, mata la vida a 50 centímetros o un metro; escarba y no encuentra una lombriz en ninguna parte. Entonces, para que esa tierra produzca, tiene que echar abonos químicos. Estamos matando para tener que abonar. Monsanto está feliz. La Federación de Cafeteros le hizo el paseo a Monsanto, si no volvemos a cultivos orgánicos a poner la sombra. Porque era que las hojas se caían de los guamos, de los carboneros, fecundaban la tierra, había hormigas, insectos; no se hablaba de roya ni de esas cosas. Pero cambiamos el esquema por la ambición, por producir rápido, para poner estos cafetalitos al sol constante y se quemó la tierra. Somos depredadores e inmediatistas. Da ambas cosas, si se juntan, resulta lo peor.

¿La adoración del dinero es parte del problema?

Claro; y es que parece que fuera la solución. Entonces, si su problema es plata, nuestros abuelos no planteaban las cosas de esa manera. El problema es vivir unidos; entonces vivían unidos para vivir y todos trabajaban en la finquita y nadie decía: yo exijo zapatos nuevos, no. Llegó la fiesta suya, le damos zapatos nuevos. Era esa familiaridad.

A mí me admiran estas casas de familia, como la de doña Abigail Abad, que debió ser tía del doctor Abad que mataron, el padre de Héctor Abad. Esas habitaciones eran amplias y comunicadas por dentro, que si tosía un niño todos se enteraban; tosía un viejito, todos estaban pendientes. Entonces las personas sabían que, desde el nacimiento hasta que se morían, tenían hogar. Hoy en día, el muchacho se quiere casar, entonces se va aparte; a un viejito lo dejan aparte, porque estorba. Era la manera de estar unidos. Y los niños en la casa, cuando vivían en el campo, en tiempo de cosecha garitiaban, llevaban comida a trabajadores, encerraban los terneros para que los papás cogieran café; hacían pequeñas labores domésticas. Hoy en día está prohibido, porque es trabajo infantil. Y yo les pregunto a los muchachos que van a hacer la Confirmación si saben ordeñar, cultivar café, cuidar terneros… No. Entonces, ¿para qué se van a graduar en el campo si se van a tener que ir? No saben hacer absolutamente nada. El sistema educativo es un sistema des-educativo. En mi tiempo había otras modalidades: el calendario cafetero, donde a la hora de la cosecha, el muchacho estaba en torno a su casa, haciendo labores, cuidando, garitiando, encargándose de los terneros. Son cosas menores que un niño de 7, 10, 12 años puede hacer perfectamente. ¡Terminamos con muchachos con la mente y el corazón pavimentados y diciendo: me voy del campo!

Esto supone una mentalidad distinta. Había un manejo de la economía doméstica en que, a pesar de la pobreza, había para todos. Así debió suceder en su casa, donde hubo 14 hijos.

Bueno, ¡14, sin contar las novedades! Cuatro murieron recién nacidos y a los otros 10 mi papá los levantó. Mi mamá siempre decía: su papá se puede conseguir una mujer más joven y más linda, pero no más económica que yo. Mi mamá cogía la ropa del mayor, la cosía y adaptaba para el siguiente. Yo hice la Primera Comunión con la ropa de mi hermano mayor. Mi papá tenía una tienda y era supremamente generoso con su casa; supremamente claro con los demás. A mi mamá siempre le decía: “no quiero oír que se fueron al vecindario a pedir que les presten una libra de chocolate o de arroz; no quiero que a mitad de semana usted venga a pedirme cosas; haga la lista amplia, que yo el fin de semana le mando todo”. Esa era la economía de mi papá.

Yo soy el segundo de los sacerdotes: en mi casa somos cuatro hermanos sacerdotes y dos sobrinos. Tiene que ser que en esa época las muchachas de Quimbaya eran como feonas. Cuando se ordenó mi hermano mayor, se habló de la fiesta de ordenación y de la primera misa, en el 68; él se ordenó con el papa Pablo VI en Bogotá, pero venía a la primera misa al pueblo. Mi hermana mayor, que ya era profesora en el colegio, trajo la lista de invitados un día y dijo: “papá, tengo la lista para el banquete de la primera misa: presidente del Club de Leones, el alcalde, el no sé qué más, el rector del colegio…”. Bueno, la lista grande de 50 o 100 personas prestantes. Mi papá le dijo: “mija, qué pena; si vamos a invitar a alguien que no sea familia, deben ser a los mayordomos que compran en mi tienda. A esos sí”. Se cayó la lista: solo invitaron los 20 familiares más cercanos.

¿Se impone, por consiguiente, una pastoral que estimule el nacimiento de una nueva cultura?

El tema es muy complejo, porque yo llegué a la diócesis y no había nada. Entonces, lo primero que hice fue enterarme, ir a reuniones. Luego, con la mesa ambiental, con la ciudadanía, hace un año largo sacamos una cartilla de la Laudato si’, para divulgarla, cogiendo 51 párrafos y poniéndolos asequibles, con una pequeña introducción y unas preguntas al final. Esa fue una tarea que yo le repartí a todos los párrocos. Pero fue muy lento en la conciencia social de ellos, porque no los formaron para esto. Ninguno vio pastoral social cuando estudió. Ahora es obligatorio que en el seminario haya pastoral social, ecología, dentro del tema de teología moral y solución de conflictos. Eso le va dando al nuevo clero una nueva visión. Con el antiguo clero la norma que yo he puesto es clara, el que reciba plata de la minería pierde la parroquia, mientras no lleguemos a definir que no va a afectar absolutamente nada, que ese va a ser un sitio donde no se puede hacer ninguna otra cosa, que no afecta las montañas geológicamente frágiles del entorno. Puede ser que en alguna parte exista esa posibilidad. En el suroeste lo veo muy difícil, porque todos somos ventana sobre el río Cauca. Si estuviera por acá Caucasia, podría ser; pero uno va y mira la minería allá y ese no es ningún modelo. Entonces es un tema complejo. Pero creo que es una tarea urgente de la pastoral social que no sean solamente pequeños proyectos de beneficio del campesino; hay que hacerlo, pero con conciencia social, es una tarea que se está empezando. Es muy lenta, porque es mucho más difícil eso, que aparecer con cosas ya. Ahí vamos.

Hay otro tema que tiene que ver con la diócesis y no lo solo con Jericó. Y es que este sector de Antioquia nació con la minería: Andes, Santa Rita, Caramanta. Hay que ser conscientes de que era minería de barequeo y de pequeñas minas artesanales; ahí nunca hubo dinamita ni cielo abierto. Todavía hoy hay un tema y el viceministro tendrá que hablarnos de esto: y es de la formalización, que es un tema del Ministerio de Minas, pero creo que no han avanzado casi nada. Los mineros artesanales no son mineros ilegales, ¡ilegales son los de las dragas y todo esto!

FUENTE: Revista Vida Nueva, Colombia. 

2017-08-14T11:17:10+00:00